En un año y medio, Lima volverá a ser sede de los Juegos Panamericanos, un acontecimiento extraordinario ya que si bien no es la primera ciudad que recibe este encargo dos veces (antes había ocurrido con Buenos Aires y Winnipeg), ninguna lo obtuvo en tan corto tiempo. Pero en lugar de llenarnos de orgullo, la misión hoy solo genera incertidumbre. Después del papelón que supuso la organización de los últimos Juegos Bolivarianos, la confianza en emular el éxito del 2019 es casi inexistente.
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Además de obras inconclusas, el certamen dejó un reguero de denuncias relacionadas con abandono de deportistas, graves desajustes logísticos y sospechosos desembolsos de dinero que opacaron el buen desempeño de nuestros representantes. Y es que a pesar de todos estos inconvenientes, la delegación nacional obtuvo 262 medallas y retornó al podio, logro que no conseguía desde los juegos celebrados en Arequipa en 1997.
La supuesta ventaja que significa tener virtualmente lista la mayor parte de la infraestructura se diluye ante aspectos organizativos clave. Uno de ellos es el destino de la Villa Panamericana (no está claro si se construirá una o dos torres más, entre otras razones porque algunos departamentos fueron entregados a los medallistas del 19). “Se sabe muy poco sobre el orden en que se desarrollarán las competencias o de cuestiones relacionadas con las comunicaciones o el voluntariado”, me dijo una fuente conocedora de la organización de eventos de este tipo. “Un año y medio parece mucho, pero en competencias como esta es poquísimo, es nada. Diría que estamos retrasados”, aseguró.
La disolución de Legado en favor del Instituto Peruano del Deporte (IPD) es otra torpeza mayúscula que debería corregirse de inmediato. El pésimo estado en que se encuentra el Estadio Nacional, que hace tiempo perdió su esencia para transformarse en una lucrativa arena de conciertos, es una demostración de la incapacidad del IPD para gestionar sedes deportivas.
Tampoco parece haberse tomado en cuenta la situación en que se encontrará Lima cuando se encienda el pebetero el 16 de julio del 2027. En primer lugar, si hoy la avenida Javier Prado es lo más parecido al infierno en cualquier momento del día, para esos días probablemente sea algo peor. En las próximas semanas, la Municipalidad de Lima empezará la construcción de tres viaductos que, tal como se manejan las cosas en nuestro país, podrían seguir en obras cuando empiece el certamen. Asimismo, la Panamericana Sur -vital para los traslados desde la Villa- acaba de quedarse sin operador y aunque la comuna metropolitana ha tomado su administración, existen dudas sobre su sostenibilidad económica por las deudas acumuladas en los últimos años. Y la Línea 2 del metro, que unirá Ate con el Callao, recién empezará a funcionar en un 100% en el 2028.
En los Juegos anteriores, la organización adoptó salidas imaginativas para hacer fluidos los traslados entre las diversas sedes -en la Panamericana se adaptó un corredor segregado que funcionó muy bien- y no se produzca un retraso a causa de nuestro demoníaco tráfico vehicular. ¿Existe algún plan que contemple situaciones similares o peores?
Después de la vergonzosa experiencia bolivariana, urge recuperar la confianza. Esto solo podrá conseguirse con un equipo compuesto por profesionales experimentados, con muñeca, autonomía y respaldo de las autoridades, las actuales y las que sean elegidas el 12 de abril (o en la segunda vuelta). Necesitamos volver a estar a la altura.